"El pánico es como el fuego, solo hace falta una chispa"
Algo sucedió ese día, el ataque de aquel unicornio tuvo repercusiones, el cuerno que le perforó el pecho estuvo a punto a desgarrarle el corazón, sobrevivió, pero la herida no sanaría como si se hubiese tratado de una lanza.
Esa noche despertó intranquila, había tenido una pesadilla, pero no como era usual, esta le aterró como ninguna otra antes.
Corría por un bosque, seguía a Gaelneth pero no lograba alcanzarla, la siguió hasta que la acorralo en los márgenes del río. No era ella.
Daeneth se encontró frente a una chica muy hermosa, en primera instancia creía que era una elfa como ella, pero luego se dio cuenta de que esa chica emitía una luz muy tenue y tenía un único cuerno entre su larga y hermosa cabellera plateada. Nunca sabría que su nombre era Lunia y que pertenecía a otra historia muy diferente.
-¿por que huyes?- pregunto Daenith
-porque me asustas- los ojos de Lunia eran cristalinos y a pesar de la distancia, la elfa pudo apreciar un sentimiento profundo de piedad emanando de ella.
Enseguida todo se oscureció, estaba recordando la batalla previa, intentaba salvar a los unicornios, magníficos seres misteriosos como en cierta forma ella lo era también. quería no solo evitar lastimarlos, quería salvarlos.
Lanzó un poderoso hechizo para destruir las rejas que los mantenían en la arena, pero sin notarlo y en su momento sin importarle, muchos murieron a causa de su magia, el hechizo fue tan poderoso que podía compartir los sentimientos y miedos de aquellos a quienes el rayo golpeó, podía compartir su dolor y cargaría con esa culpa por siempre. Al final lo conseguiría, los liberaría de su cautiverio.
En retrospectiva compartió el miedo de la hija de Unicornio, lo que vio la horrorizó, se estaba convirtiendo en los monstruos que quería destruir, después de todo se encontraba danzando en el filo de la cuchilla del destino. A lo largo de su jornada había probado los límites de lo que estaría dispuesta a hacer, pero no se daba cuenta del costo de aquello.
Camino durante la noche donde Morcath la siguió, compartía su sufrimiento, Daeneth no lo sabía del todo, pero su familiar si, simplemente ella en el fondo no quería ser mala.
Esa noche lágrimas surcaron el rostro de Daeneth por primera vez desde hacía décadas.