En un poblado muy
lejano, existió un joven granjero llamado Edrick. Edrick sembraba sus cultivos
con esmero, alimentaba a sus animales y cuidaba de los bosques circundantes. Entendía
mejor que nadie el delicado balance de la naturaleza y las consecuencias de
romperlo.
Durante un atardecer
en los primeros días del invierno paseando por el bosque, sus oídos escucharon
un susurro casi imperceptible.
- te-te-tengo
fri-frio.....
Edric alzo la voz y busco con la mirada, conocía
a todos los habitantes de los alrededores ya fueran personas o animales, no reconocía
esa aguda vocecilla y eso lo inquieto.
- br br br br brrrrr
Los sonidos parecían
muy cercanos pero seguía sin reconocer de que ser se podía tratar, no sería una
ardilla, las ardillas se habían preparado muy bien para el invierno,
resguardaron bellotas suficientes y se refugiaron en buenos arboles; no era un
avecilla tampoco, estas se habían fugado con la migración a tierras mas cálidas
hasta que la primavera llegara; lobos y oso no se alejaban en esa época del año
de sus cubiles y mucho menos sus cachorros a los que era más probable que
perteneciera esa vocecilla; definitivamente descarto la idea de que se tratase
de uno de los aldeanos de los pueblos cercanos, los conocía a todos y ninguno sería
tan pequeño como para escapar de su vista en el bosque que conocía mejor que
nadie. De pronto escucho a su lado.
- br br brrrrrr
fri-fri-o
Volteo la cabeza y
bajo la mirada y ahí la vio, se trataba de una pequeña planta de bayas, la
planta le estaba hablando. Era algo muy inusual pero aun así el temor no le
paso por la cabeza ni un solo instante, después de todo la curiosidad llenaba su
mente. Era una planta muy pequeña y sus frutos aun tardarían en crecer, tal vez
hasta los últimos días del verano si tenía suerte. Había otro rasgo peculiar en
dicha planta, Edrick no conocía esa especie de bayas y por más similitudes que
le encontraba a las de la región, a final de cuentas era una planta
completamente nueva.
Su sombra se alargo y
se dio cuenta de que a noche estaba ya encima, dejo las cuestiones de lado y pensó
en cómo proteger esa planta. Un poco de paja habría sido suficiente para que
lograra sobrevivir las noches invernales, pero no llevaba consigo a su caballo,
pues a ambos les agradaba deambular solitariamente de vez en cuando y el camino
a la granja era largo; no podía tampoco esperar hasta el día siguiente, una
planta de otra región no sobreviviría a
lo que parecía ser la primera noche realmente fría de la temporada; busco en
los alrededores y se le ocurrió utilizar un poco de pasto y hierbas para cubrir
la baya, pero estaban demasiado húmedos, ayudarían si, pero tal vez no fuese
suficiente, además prefería no arrancar hierba alguna, tenía que encontrar una
salida y pronto.
Fue hasta que se topo
con un gran pino que recordó. En sus ramas había un nido, lo descubrió cuando encontró
un polluelo de petirrojo, la avecilla había caído en su intento de volar y en
los alrededores escuchaba el trinar agresivo de sus congéneres en una actitud
protectora. Edrick Tomo al polluelo el cual se encontraba herido y se lo llevo
a su granja, lo cuido hasta lograr sanar su ala y luego la cosa se complico,
aun con el ala sana el petirrojo era incapaz de volar, aun no era su tiempo,
eso solo significaba que Edrick tenía dos salidas, criar al ave y domesticarla,
cosa con la cual estaba por supuesto en desacuerdo o enfrentarse al pino y
escalar hasta el nido para regresar al polluelo a su hogar, esperando que fuera
lo suficientemente sabio para no volver a caer.
Se encontraba
nuevamente ante ese gigantesco pino, solo que esta vez la subida fue más
peligrosa, la noche prácticamente cubría todo y el no distinguir bien los hoyos
en los que habría de apoyarse, podía a cierta altura ser incluso fatal y para
colmo de males tampoco había certeza de encontrar el dichoso nido, las aves ya tenían
lunas de haber partido y el viento a esa altura así como podía hacerlo caer, así
podía haber destruido el nido ya deshabitado. Así continuo Edrick Su ascenso y
por fortuna al llegar a la rama más alta, se encontró con el nido abandonado,
pero aun faltaba lo más peligroso, el descenso. Usualmente quien realiza
hazañas similares cae en el engaño de que la meta es llegar a la cima, pero no,
la cima es solo la mitad de la jornada, un viaje está compuesto por la ida y la
vuelta, así mientras más fuerza se gaste en la ida, más dura será la vuelta,
pues siempre al menos consistirá en una distancia igual, pero con las fuerzas
ya gastadas y muchas veces con la impaciencia que lleva consigo todo regreso,
lo que aumenta el riesgo de un accidente.
El descenso de Edrick
fue sumamente difícil, en circunstancias similares alguien le habría dicho
"lo peor que puedes hacer es mirar abajo", pero de que otra forma podría
descender, el polluelo había sobrevivido porque tenía alas y a pesar de no
poder volar, el instinto le había obligado a batirlas lo mejor que podía y así
logro salvar la vida, pero Edrick no tenia alas y nadie sabía que él estaba en
el bosque, si llegaba a romperse una pierna nadie lo encontraría en días y ante
ese clima, sería una sentencia de muerte. Poco a poco continuo en su descenso,
llego a resbalar al pisar un agujero que resulto no ser tan profundo, pero sus brazos
emplearon el resto de sus fuerzas para sostener todo su peso, a pesar del jalón
que el resbalón había ocasionado. Logro descender unos metros más y fue ahí que
su fortuna se termino, la caída le pareció eterna, el crujido de la rama de que
se sostenía sonó como el estruendo dejado por un relámpago y por un instante el
vértigo se debatió con el pánico en la lucha por el control de lo que sus
sentidos percibían, golpeo el suelo con ambas plantas de los pies rematando las
duras raíces con el trasero, el susto fue mucho mayor que el daño, al
incorporarse se daría cuenta de que tenía un tobillo lastimado, pero aceptaba
la herida, era un buen precio a la locura de subir a un árbol en tales
condiciones.
Junto las ramillas que
había arrojado de la copa del árbol para evitar que le estorbaran en la bajada,
las llevo al lugar donde la baya parecía tiritar de frio, las separo y las
acomodo de tal forma que la planta quedo completamente cubierta con lo que soportaría
la mayor parte del invierto, lo suficiente para arraigarse a esa tierra con
renovadas fuerzas y sobrevivir por su cuenta. Más tarde la baya le contaría
como era una semilla que había viajado desde muy lejos hasta que se había caído
del ave que la llevaba durante la migración otoñal y que tomando nutrientes y
algo de humedad había logrado crecer por su cuenta hasta ese estado.
Cuando paso el
invierno, la planta de bayas se encontraba ya dando frutos y como
agradecimiento le dio al joven Edrick un puñado de esas pequeñas bayas, este
las acepto con gusto como lo hacía con todos los pequeños regalos del bosque, sabía
que con el tiempo, esa misma planta daría más y mejores dulces salvajes que lo alimentarían
tal vez inclusive en tiempos de necesidad; ese mismo día compartió esas dulces
frutillas con sus amigos del pueblo cercano.
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