4.09.2014

Edrick, Liberador de la Montaña

En un poblado muy lejano, existió un joven granjero llamado Edrick. Edrick sembraba sus cultivos con esmero, alimentaba a sus animales y cuidaba de los bosques circundantes. Entendía mejor que nadie el delicado balance de la naturaleza y las consecuencias de romperlo.


Durante un atardecer en los primeros días del invierno paseando por el bosque, sus oídos escucharon un susurro casi imperceptible.


- te-te-tengo fri-frio.....


 Edric alzo la voz y busco con la mirada, conocía a todos los habitantes de los alrededores ya fueran personas o animales, no reconocía esa aguda vocecilla y eso lo inquieto.


- br br br br brrrrr


Los sonidos parecían muy cercanos pero seguía sin reconocer de que ser se podía tratar, no sería una ardilla, las ardillas se habían preparado muy bien para el invierno, resguardaron bellotas suficientes y se refugiaron en buenos arboles; no era un avecilla tampoco, estas se habían fugado con la migración a tierras mas cálidas hasta que la primavera llegara; lobos y oso no se alejaban en esa época del año de sus cubiles y mucho menos sus cachorros a los que era más probable que perteneciera esa vocecilla; definitivamente descarto la idea de que se tratase de uno de los aldeanos de los pueblos cercanos, los conocía a todos y ninguno sería tan pequeño como para escapar de su vista en el bosque que conocía mejor que nadie. De pronto escucho a su lado.

- br br brrrrrr fri-fri-o


Volteo la cabeza y bajo la mirada y ahí la vio, se trataba de una pequeña planta de bayas, la planta le estaba hablando. Era algo muy inusual pero aun así el temor no le paso por la cabeza ni un solo instante, después de todo la curiosidad llenaba su mente. Era una planta muy pequeña y sus frutos aun tardarían en crecer, tal vez hasta los últimos días del verano si tenía suerte. Había otro rasgo peculiar en dicha planta, Edrick no conocía esa especie de bayas y por más similitudes que le encontraba a las de la región, a final de cuentas era una planta completamente nueva.


Su sombra se alargo y se dio cuenta de que a noche estaba ya encima, dejo las cuestiones de lado y pensó en cómo proteger esa planta. Un poco de paja habría sido suficiente para que lograra sobrevivir las noches invernales, pero no llevaba consigo a su caballo, pues a ambos les agradaba deambular solitariamente de vez en cuando y el camino a la granja era largo; no podía tampoco esperar hasta el día siguiente, una planta de otra región no sobreviviría  a lo que parecía ser la primera noche realmente fría de la temporada; busco en los alrededores y se le ocurrió utilizar un poco de pasto y hierbas para cubrir la baya, pero estaban demasiado húmedos, ayudarían si, pero tal vez no fuese suficiente, además prefería no arrancar hierba alguna, tenía que encontrar una salida y pronto.

Fue hasta que se topo con un gran pino que recordó. En sus ramas había un nido, lo descubrió cuando encontró un polluelo de petirrojo, la avecilla había caído en su intento de volar y en los alrededores escuchaba el trinar agresivo de sus congéneres en una actitud protectora. Edrick Tomo al polluelo el cual se encontraba herido y se lo llevo a su granja, lo cuido hasta lograr sanar su ala y luego la cosa se complico, aun con el ala sana el petirrojo era incapaz de volar, aun no era su tiempo, eso solo significaba que Edrick tenía dos salidas, criar al ave y domesticarla, cosa con la cual estaba por supuesto en desacuerdo o enfrentarse al pino y escalar hasta el nido para regresar al polluelo a su hogar, esperando que fuera lo suficientemente sabio para no volver a caer.


Se encontraba nuevamente ante ese gigantesco pino, solo que esta vez la subida fue más peligrosa, la noche prácticamente cubría todo y el no distinguir bien los hoyos en los que habría de apoyarse, podía a cierta altura ser incluso fatal y para colmo de males tampoco había certeza de encontrar el dichoso nido, las aves ya tenían lunas de haber partido y el viento a esa altura así como podía hacerlo caer, así podía haber destruido el nido ya deshabitado. Así continuo Edrick Su ascenso y por fortuna al llegar a la rama más alta, se encontró con el nido abandonado, pero aun faltaba lo más peligroso, el descenso. Usualmente quien realiza hazañas similares cae en el engaño de que la meta es llegar a la cima, pero no, la cima es solo la mitad de la jornada, un viaje está compuesto por la ida y la vuelta, así mientras más fuerza se gaste en la ida, más dura será la vuelta, pues siempre al menos consistirá en una distancia igual, pero con las fuerzas ya gastadas y muchas veces con la impaciencia que lleva consigo todo regreso, lo que aumenta el riesgo de un accidente.


El descenso de Edrick fue sumamente difícil, en circunstancias similares alguien le habría dicho "lo peor que puedes hacer es mirar abajo", pero de que otra forma podría descender, el polluelo había sobrevivido porque tenía alas y a pesar de no poder volar, el instinto le había obligado a batirlas lo mejor que podía y así logro salvar la vida, pero Edrick no tenia alas y nadie sabía que él estaba en el bosque, si llegaba a romperse una pierna nadie lo encontraría en días y ante ese clima, sería una sentencia de muerte. Poco a poco continuo en su descenso, llego a resbalar al pisar un agujero que resulto no ser tan profundo, pero sus brazos emplearon el resto de sus fuerzas para sostener todo su peso, a pesar del jalón que el resbalón había ocasionado. Logro descender unos metros más y fue ahí que su fortuna se termino, la caída le pareció eterna, el crujido de la rama de que se sostenía sonó como el estruendo dejado por un relámpago y por un instante el vértigo se debatió con el pánico en la lucha por el control de lo que sus sentidos percibían, golpeo el suelo con ambas plantas de los pies rematando las duras raíces con el trasero, el susto fue mucho mayor que el daño, al incorporarse se daría cuenta de que tenía un tobillo lastimado, pero aceptaba la herida, era un buen precio a la locura de subir a un árbol en tales condiciones.


Junto las ramillas que había arrojado de la copa del árbol para evitar que le estorbaran en la bajada, las llevo al lugar donde la baya parecía tiritar de frio, las separo y las acomodo de tal forma que la planta quedo completamente cubierta con lo que soportaría la mayor parte del invierto, lo suficiente para arraigarse a esa tierra con renovadas fuerzas y sobrevivir por su cuenta. Más tarde la baya le contaría como era una semilla que había viajado desde muy lejos hasta que se había caído del ave que la llevaba durante la migración otoñal y que tomando nutrientes y algo de humedad había logrado crecer por su cuenta hasta ese estado.



Cuando paso el invierno, la planta de bayas se encontraba ya dando frutos y como agradecimiento le dio al joven Edrick un puñado de esas pequeñas bayas, este las acepto con gusto como lo hacía con todos los pequeños regalos del bosque, sabía que con el tiempo, esa misma planta daría más y mejores dulces salvajes que lo alimentarían tal vez inclusive en tiempos de necesidad; ese mismo día compartió esas dulces frutillas con sus amigos del pueblo cercano. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario